Valencia, tercer acto

La imagen del Palau de les Arts desnudo de su chapado roto simboliza el final de la decadencia de Valencia

David Estal

 

Por fin! De todas las grietas emergentes de la seguramente ‘ movida valenciana’ que están abriéndose en la ciudad, de abajo a arriba y desde los márgenes, destaca por su vistosidad la consecuencia de una foto exitosa en las redes y recogida por la prensa, que afeaba, gracias al sol radiante mediterráneo, la cubierta del Palau de les Arts Reina Sofía, la cual anunciaba el inminente estallido de su trencadís que no aguantaba más ahí. Algunos le llaman mosaico cerámico que parece más honorable. Así pues, por nuestra seguridad, durante el comienzo del 2014 hemos asistido a su peeling, entre risas, lamentaciones y desprecios. Un poco de todo esto hemos leído, oído y visto. Pero hay algo que a casi nadie se le ha ocurrido: guardarse un trozo (trocito) de tal momento histórico.

Pues tengo un amigo (medio alemán), Boris, que sí se ha tomado la molestia de recoger algunos restos porque además ha hecho el siguiente cálculo. Si cada metro cuadrado de los 8.000 (misma superficie que el Mercado Central) que tiene la cubierta de la obra de Calatrava contiene aproximadamente 100 piezas de trencadís, imagínense que en el futuro dichas pedacitos pasaran a considerarse como souvenir para los interesados (no solo turistas) en el que fuera símbolo del fin de una etapa y cambio de rumbo de la política urbana en la ciudad, la cual dejaba atrás su etapa más oscura, la decadencia, para dar paso a su tercer round, abriendo la posibilidad de otro segle d’or. Sin exagerar, si cada pieza del recuerdo se vendiera en la Plaça Rodona a cinco euros (IVA incluido, sea cual fuere), estaríamos sobre los 4 millones de euros de beneficio. Compárese con el coste de retirar el revestimiento cerámico estimado en tres millones.

Parece una tontería pero recordemos la perspicacia de un obrero, Volker Pawlowski (también alemán), que se hizo rico vendiendo restos de hormigón de otra obra absurda. Hace veinticinco años cayó (derribaron) otro icono urbano, el muro de Berlín o muro de la vergüenza. Según otro amigo, Manuel, en una ligera conversación de bar, ambos acontecimientos pueden ser comparados, sin frivolizar. Aunque la chapucería presente ni se ha retransmitido en directo (ya no tenemos Canal 9), ni Calatrava nos pidió ayuda a los ciudadanos que seguramente, hubiéramos echado unas cuantas manos en el desmontaje, ahorrándose otro sobrecoste.

Veamos, según el historiador Hobsbawm( [1]), este hecho trascendental de 1989 marca el fin del siglo XX occidental. Mientras, por esas fechas, mientras nacía el IVAM, Valencia aprobaba definitivamente su Plan General de Ordenación Urbana, confiando en un crecimiento controlado bajo un modelo de ciudad idealizada que, aún siendo necesario después del desarrollismo, era ya un instrumento regulador perteneciente a la manera de construir ciudad según el siglo que estaba terminándose, a través del planeamiento, promesa de un futuro ‘ordenado’.

De este modo, recordado hoy con gloria y catapultado por el entusiasmo de los comienzos de la etapa democrática, culminó Valencia su primer acto que respondía a la ciutat que volem. A continuación, los excesos del segundo acto son de sobra conocidos y aunque haya durado tanto tiempo, no han hecho más que aprovechar y desaprovechar una inercia planeada. En la actualidad, mientras ‘los unos’ retiraban el recubrimiento repixelado de la cubierta de la Ópera, ‘los otros’ conmemoraban el vigésimo quinto aniversario del PGOU, el mismo plan que paradógicamente parió algo de la Ciudad de las Artes y de las Ciencias, donde reside tanto trencadís. Pero el siglo XXI que ya ha esperado bastante para entrar en esta ciudad no es ni de unos ni de otros, sino de todos los demás.

El paisaje después de la batalla es esta ciudad construida, 100% valenciana, herencia del desfase vivido, puesta en el mapa para más y para menos, admirada cuando se visita por su calidad natural de vida y reticente por su coentor política, con pérdida de población, incierta e infrautilizada pero aún con muchas oportunidades nacientes de su propia idiosincrasia. Análogamente a la década de los 80, hoy, de nuevo, hay mucho por hacer, desquitar y rehacer, así que manos a la obra. Sin embargo, no precisamos ni del Plan ni de su Revisión del 2008. la ciudad reclama una herramienta más flexible, inmediata, participativa y que resuelva todos los atascos del planeamiento diferido, presos de su propio plano, mientras se vive una realidad muy distinta a la que se dibuja. Así pues, tercer intento.

Dentro de otros veinticinco años más, tal vez alguien diga: “No tengo idea de por qué la gente sigue comprando pedazos de la cubierta. La venta se ha convertido en un negocio sin lógica. Es posible que la gente siga comprándolos porque es parte de la historia de Valencia y a la gente le gusta tener un poco de historia en sus hogares”. Quién sabe. Por si acaso, yo me guardo el ‘quebradizo’ (de cabeza para el presupuesto de las arcas públicas) que me han regalado. Mientras, ahora que nos hemos vuelto a despertar, al pasar al tercer acto, capaz que Valencia puede. Así es, más allá de coaliciones y particiones, en esta segunda transición, la ciudadanía ya está demostrando que está preparada para ser un equipo que recomponga todos los fragmentos recogidos después de la eclosión. Endavant!

 

[1]  The age of extremes: The short Twentieth century 1914-1991.

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