Ruinas

Valencia, capital mundial de la modernidad imposible.
Con esta certera expresión de Carlos Pérez, recientemente fallecido, se revisa la serie de problemas que se encontrarán tras las actuaciones de los últimos gobiernos autonómicos y municipales, llevadas a cabo con el fin de lograr el beneficio de todos sus ciudadanos.

Lo imposible. La realidad y el deseo.
Grandes expectativas.
Tal vez exista una vinculación con el carácter insular de Valencia.
Pero una insularidad que no es romántica como un Thule, una Atlántida ni nada por el estilo.
Valencia es una ciudad relativamente nueva como tal, que ya fue despreciada por los romanos en la antigüedad por escasamente práctica.como emplazamiento estratégico y por el problemático y alto coste de las reformas necesarias para su conversión en un centro significativo y valioso.
Siglos de aterramientos e inundaciones sucesivas convirtieron las ciénagas en arrozales, y extensiones pre-urbanitas que no conectaban aún con los pueblos. Uno de los motivos, olvidados a conciencia, por el que los poblados marítimos han mantenido su identidad.
Ídem con el extrarradio colindante.

Casi todos los intentos más o menos recientes se han encontrado con barreras geográficas y sociales, como la Avenida del Oeste/Barón de Cárcer, etc.

Siempre hay barreras, para eso se inventaron las excavadoras
Cuando una ciudad es tomada por un vehículo hacia una aspiración.
La voluntad de ser algo más, la aspiración, es la que lleva a comprar, supuestamente, el pasaporte material (construcción) que cumple la función de puente, de transporte a un estadio superior.
(Un problema añadido es el progresivo descrédito de Calatrava, algo que no ha sucedido con otros arquitectos de fama, que no se han arriesgado tanto).

Las mejores intenciones
Siempre hacia adelante, a costa de lo anterior.

Los mayores gastos
Los que sean necesarios. Ya vendrán los bancos a rescatar a la imprudencia del naufragio.
No sé si todo esto ha producido una voluntad, admisible por parte de los políticos, de simbolizar el progreso y el éxito de maniobras sociales mediante el manido recurso de plantar esculturas en rotondas, mejorar la periferia, o , como ahora, encargar como sea edificios o parajes de carácter icónico.

Lo peor no es sólo eso, es saber que los arquitectos, los alcaldes y presidents. ¿los ciudadanos de a pie?, forzaron la máquina como quisieron, pusieron la mano todo lo que pudieron, y dejaron a la mona incluso sin seda.
O con toda ella. Un gran traje de boda que no sirve para desposarse con los cielos. Y la mona y no puede volver. Es como el informe a la academia de Kafka, pero con un primate casi ágrafo, cobarde y al mismo tiempo orgulloso, y, ahí entra lo grave, dolido, y con razón. Quién le ha robado el mes de abril. Cómo pudo sucederle a él, simio casi mileurista.
Magros resultados
O no. Según se vea. Superávit de deuda.
Una ruina de vida, vamos, y encima desprovisto de soluciones válidas que no tengan su Anti-Midas touch de coentor. Y lo que nos ocupa Es mucho más que caspa precipitadas del casco de un Mazinger operístico.
(En realidad, es una oportunidad a la que no se pueden sustraer socialistas incapaces de haber hecho algo útil en veinte años de Rita, Zaplana, Camps o este Fabra de ahora mismo)

La nueva fragmentación del significado
Uno de los intereses del trencadís como elemento ornamental es su conversión a lo largo de décadas en artículo de lujo. Un encuentro de lo casual encauzado en unas superficies cambiantes a las que se adaptan con eficiencia las rotas teselas del mosaico. Una clase de mosaico que, si se mira con atención, puede observarse la disposición multiangular de los paneles vítreos de la torre Agbar de Nouvel en Barcelona.
La búsqueda de los sublime a través de la artesanía ahora inalcanzable para los arruinados, normales o poco pudientes habitantes de urbes que asisten sólo como testigos a faros descomunales de un rumbo incierto. Los edificios son emblemas permanentemente alejados, constantes promesas de otras vidas posibles. Son manifestaciones, materializaciones de un delirio.

(El trencadís de la Ciudad de las Ciencias también convive con los miles de réplicas a pequeña escala de la dama ibérica azul de Valdés que, por eso mismo, es una masa irreconocible en una rotonda de acceso a Valencia. Ese juego del lujo, algo que “no ves, pero está ahí”)

Y sin dejar a un lado que lo que no se ve está, simbólica y prácticamente, inaccesible excepto para los anunciantes de coches o perfumes.

George Clooney también estuvo ahí.

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