Trencadís

EL DETERIORO DEL MATERIAL ARRUGA EL CASCARÓN DEL PALAU DE LES ARTS

• Varios arquitectos alertan del riesgo de desprendimiento del ‘trencadís’ en zonas abombadas
• El edificio se inauguró hace siete años y costó 478 millones

El PAÍS FERRAN BONO / MIQUEL ALBEROLA 30 ENE 2013 

La fachada del Palau de les Arts tiene arrugas. Es el primer síntoma de una patología que acabará en desprendimientos del trencadís que la recubre si no se subsana. Los abombamientos en la piel formada por 20.000 metros cuadrados de pequeñas piezas irregulares de cerámica son visibles para cualquier transeúnte. Y muy llamativos, porque el Palau de les Arts, diseñado por Santiago Calatrava, tan solo tiene siete años de vida y costó a la Generalitat 478 millones de euros (la previsión inicial era un centenar), según datos de la propia Ciudad de las Artes y de las Ciencias de Valencia, donde se enclava. La ópera es su mayor icono visual.

El pasado martes, la diputada de Compromís, Mònica Oltra, denunció el deterioro de la fachada del Palau y esgrimió una foto en que se veían esos abombamientos. Fuentes oficiales respondieron de inmediato que se trataba de un efecto de la luz. Cuando el sol da directamente sobre la fachada, el “trencadís deja traslucir los cordones de soldadura que sostienen la cáscara metálica”, señalaron. Desmintieron rotundamente cualquier problema y aseguraron que el edificio es sometido a controles periódicos. El estudio de Calatrava en Zurich no respondió ayer a las peticiones de este periódico. El arquitecto ha cerrado su estudio en Valencia y su sociedad de inversión en Madrid.

El profesor de Construcción de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Politécnica de Valencia, Vicente Blasco, observó ayer directamente “esas arrugas” en zonas soleadas y sombreadas y sostuvo que, posiblemente, están provocadas por la aparente “falta de juntas de dilatación” y “por la incompatibilidad en el cociente de dilatación de las planchas de acero y el trencadís de cerámica de su revestimiento”. La impresión es similar a “cuando empujas un papel por sus extremos. Se contrae y se arruga”, añadió.

Cuando hay notables contrastes térmicos, como ayer que en Valencia se pasó de 9 a 25 grados, los materiales tienden a contraerse y dilatarse. “Más tarde y más temprano, el recubrimiento cede y se empieza a desconchar. Entra el agua y se oxida el acero. De hecho, ya hay manchas de óxido”, dice Blasco señalando una parte de la fachada. Para el experto no hay justificación de que un edificio con un coste tan elevado presente esos problemas en tan poco tiempo. Añade que es arriesgado utilizar trencadís en tan grandes superficies y más sobre una plancha metálica. Gaudí, quien lo popularizó, lo empleaba con mayor mesura.

Que se pinte como un barco

El arquitecto Carlos Meri, autor del paso elevado del puerto de la Copa del América o de algunas estaciones de la línea 3 del metro de Valencia, deja constancia de que no tiene conocimiento directo de los abombamientos y de la sección constructiva del edificio. Sin embargo, no avala la versión oficial de que los abombamientos son “los cordones de soldadura”. “Si fuera eso”, diagnostica, “se pasa la lija y queda liso”. Meri relata que siguió de cerca el proceso de construcción y le produjo “perplejidad” el sistema: plancha de acero soldado, mortero y cerámica pegada (trencadís). “Me dije: eso va a saltar”, recuerda. Le llamó la atención que Calatrava “se atreviera a meter cerámica sobre la plancha de acero” y advirtió que el trencadís se ponía por la noche, con el material frío, ya que el mortero no agarra con calor.

Meri incide en que la cerámica a la intemperie se va deformando por el gradiente térmico y “a la larga se cae”, porque aunque es impermeable por la hidrofugación, el mortero no lo es aunque esté hidrofugado y tiene una vida de unos 10 años: “El agua se filtra y pierde adherencia”. Según explica, la cerámica sobre hormigón no ofrece ningún problema porque hay mucha masa, pero sí sobre acero de poco espesor. “Con esa superficie curva y dándole el sol…”. Eso y las tensiones internas de los distintos materiales por la dilatación térmica, “completa el cóctel”. Como solución, Meri propone “que le quiten el trencadís y lo dejen pintado porque va a ir a más”. Y a partir de ahí, “lijar y pintar, como las cubiertas de los barcos”.

Otro arquitecto consultado, Carmel Gradolí también constata que el edificio “está arrugado”. “Y el resultado estético perseguido en un edificio como este no es el adecuado”, indica el autor del Centre Cultural la Rambleta de Valencia y premio Unión Europea de Patrimonio Cultural por la restauración del Horno Alto número 2 de Sagunto. A falta de un análisis más profundo, desconoce si la causa es “el mortero o la base”, pero en todo caso considera que “se tendrían que tomar medidas porque afecta a la seguridad”. “Si caen piezas, habría que pedir responsabilidades a la constructora”, agrega.

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UN BARCO NO ES UN EDIFICIO, NI VICEVERSA

“Posiblemente, el Palau de Les Arts quería ser el buque insignia de toda la serie de edificios que el arquitecto Santiago Calatrava ha construido en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia”

EL PAÍS VICENTE BLASCO GARCÍA 4 FEB 2013

Posiblemente, el Palau de Les Arts quería ser el buque insignia de toda la serie de edificios que el arquitecto Santiago Calatrava ha construido en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia.

Quizá por eso, y a semejanza de un buque, la cáscara que envuelve todo el conglomerado funcional esté realizada, como el casco de un barco, con planchas de acero, simulando panzas y quillas. Incluso su estructura es propia de la construcción naval, con cuadernas que rigidizan las planchas para evitar su deformación. Cada arquitecto plantea sus espacios, sus estructuras y sus acabados como Dios le da a entender. Hasta aquí, nada que objetar, aunque con la crítica de que esto suele resultar bastante caro, por no decir muy caro. Pero aún así y todo, el costo resultaría disculpable en aras de la representatividad que pueda tener el edificio. Es cierto que edificios de estas características, y en general todos los de esa zona proyectados y construidos por Calatrava, atraen a turistas y paisanos ofreciendo una imagen vanguardista de la ciudad. Una buena imagen en una postal dice mucho fuera de nuestras tierras, y eso siempre es bueno.

Pero lo que ya no empieza a ser tan bueno es esa otra imagen que quien sea pueda llevarse como consecuencia de un mal diseño, un planteamiento erróneo o una defectuosa ejecución. Y es el caso. En los últimos días están apareciendo en prensa una serie de artículos denunciando que el Palau de Les Arts se está “arrugando”. Es cierto, yo lo he visto con mis propios ojos, nadie me lo ha tenido que contar. Puedo dar fe de ello, y me preocupa, como arquitecto, como ciudadano y como contribuyente. No me gusta -a nadie le gusta- que mi dinero se malgaste en cosas inútiles.

No entro en otras cuestiones, pero si ya me pareció mal ver el Palau inundado hace unos pocos años como consecuencia de unas lluvias, ahora me disgusta que al edificio le “salgan arrugas” antes de la adolescencia, aunque este problema es más fácil de solucionar que el de las inundaciones, porque éstas sí son consecuencia de un verdadero error de diseño que parece mentira que Calatrava, con la de recursos que tiene, pudiera cometer. Porque un edificio que está situado en el “antiguo cauce de un río”, con su rasante en el lecho de ese cauce y con salas en sótanos por debajo de esa rasante, necesariamente se verá inundado continuamente a lo largo de su historia. Primer y gran error, y éste sí, de complicadísima, por no decir imposible, solución. Con lo fácil que habría sido haberlo elevado sobre un podio, por ejemplo, sin perder ni un ápice de su belleza. Y repito que Calatrava ha demostrado siempre tener más que suficientes recursos de diseño para ello.

En cuanto a la otra cuestión, la que nos ocupa estos días, no hace falta ser adivino ni experto para saber que, más tarde o más temprano, un revestimiento cerámico sobre una plancha de acero acabará cayéndose. Es de sentido común. Una cerámica como es el “trencadís” con la que Calatrava ha revestido “su barco” de acero, es más que probable que bien temprano comience por abombarse primero para después, y no en mucho tiempo, acabe en el suelo sin remedio. El abombamiento es el primer síntoma de la patología, lo que dará paso al “desconchón” del que tanto se habla ahora sin que todavía se aprecie.

Pero, tiempo al tiempo, acabará apreciándose, porque si a colocar una cerámica sobre una base metálica le añadimos que, al menos aparentemente, no existen juntas de dilatación para el revestimiento, los ingredientes son perfectos para tener como resultado un cóctel explosivo. Nuevamente me sorprende que Calatrava parezca no saber esto, que es básico. Debe ser que los “genios” no tienen en cuenta esas cosas y que eso sólo queda para el resto de nosotros, los “mortales”.

El arquitecto argumentaba en algún momento que el revestimiento de “trencadís” era en homenaje a Gaudí, pero olvidaba que éste, en primer lugar, inventó lo del “trencadís” por aquello de reutilizar materiales sobrantes en obra para no tener que gastar más dinero, que lo utilizaba para revestir limitadas superficies complejas, alabeadas, en las que por necesidad había que romper los azulejos, que colocaba juntas si había necesidad y, sobre todo, que la base soporte era de fábrica. No creo que a Gaudí se le hubiese ocurrido jamás revestir con cerámica el casco de un buque, porque es de esperar que acabe saltando por no ser la base más idónea. Y si a alguien se le ocurre, como es el caso, que al menos lo haga con juntas. Y es que, ni un barco es un edificio, ni un edificio es un barco.

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CHAPUZAS

“El gigantismo viene a ser a la arquitectura lo que el despilfarro al poder”
EL PAÍS SUSANA FORTES 26 FEB 2013

Uno de los síntomas de la decadencia de Occidente es la cantidad de gente a la que le trae sin cuidado hacer bien su trabajo, ya se trate de cuadrar un balance, poner baldosas o construir castillos en el aire.

Uno de esos castillos, la Ciudad de las Artes y de las Ciencias, con su retórica de altos vuelos, se viene abajo. No hay dinero ni para pagar las nóminas del personal de la limpieza. Ese gran decorado de primeras comuniones, bodas y bautizos ha costado la módica cantidad de 1.300 millones de euros. El arquitecto Santiago Calatrava se ha llevado los 94 millones de sus honorarios a Suiza. Pero no es mi intención hablarles aquí del agotador thriller financiero del que estamos todos al corriente, paso a paso, titular a titular, sino de otra clase de chapuzas más de diario aunque igual de dramáticas.

Apenas han pasado siete años de la construcción del Palau de les Arts, y buena parte de la cubierta de trencadís ha empezado a desprenderse como los azulejos de un baño en un bar de carretera o el descampado de una fábrica de vajillas Duralex. El edificio amenaza con el siniestro total.

En tiempos de Hammurabi, si a un arquitecto se le hundía el terrado, se le caía el pelo. Ahora el mundo está lleno de arquitectos que no se responsabilizan de sus obras, de ministras de Sanidad que no dan cuenta de lo que pasa en el garaje de su casa y de directoras generales de la Agencia Tributaria que tienen el mismo conocimiento de lo que se traen entre manos que el que puedo tener yo de soldar las juntas de un gaseoducto, por decirlo de alguna manera. Una parte no estudiada de la crisis se explica en buena medida debido a la gran cantidad de gente que en los últimos años se dedica a un negociado del que no tiene ni idea. Y claro.

No es ya cuestión de que el diseño arquitectónico de Calatrava sea de una estética discutible porque, como diría Lázaro Carreter, en cuestión de gustos el tuerto es el rey o algo así, y si una pareja quiere tener en su álbum de boda ese Euro Disney para recién casados, allá ellos. Pero si se fijan con atención en los pilares curvos del Palau de les Arts que no tienen ninguna función reconocida, se darán cuenta de que todo el edificio es gato por liebre.

El gigantismo viene a ser a la arquitectura lo que el despilfarro al poder. Si se piensa, toda esa gran cáscara de huevo vacía montada sobre la nada que es la Ciudad de las Artes responde a la más pura expresión política del serà per dinés que ha llevado al Ayuntamiento y al Gobierno autonómico a la actual situación de desahucio en que se encuentra la Comunidad.

La tentación de levantar grandes obras faraónicas es innata al poder desde las primeras civilizaciones, así que no creo que la crisis vaya a poner coto a las construcciones desmesuradas. Pero al menos podría servirnos para apreciar la diferencia entre una chapuza y una obra maestra.

Hubo un tiempo en que la gente amaba el trabajo bien hecho. Fíjense por ejemplo en la Lotja de Valencia con esas impresionantes columnas helicoidales de 17 metros de altura y los pilares que aguantan los nervios de su bóveda de crucería. Geometría esencial. Empezó a construirla hace más de 500 años un tal Pere Compte, maestro de obras, y cinco siglos después el edificio conserva intacto todo el aliento de la grandeza. Y ahí está.

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BAMBALINAS DE ACERO Y “TRENCADÍS”

Inundado, tocado y zozobrando ante cualquier tempestad, el buque insignia del conjunto, el controvertido Palau de Les Arts, se desarbola

EL PAÍS VICENTE BLASCO GARCÍA 1 ENE 2014

Una simple imagen puede servir para indicar de manera sutil cosas distintas a lo que algo es en realidad. En el siglo XVI, la talla de un súcubo en el exterior de una posada indicaba que también funcionaba como burdel. No hacía falta especificar más, igual que ahora cuando ponen un farolillo rojo a la puerta de un bar. Del mismo modo, el trencadís desprendido de una superficie de acero de un edificio de falsa vanguardia significa lo evidente pero muchas cosas más: derroche, desmantelamiento, incompetencia, deterioro, inutilidad. Casi tantas como todo lo que está sucediendo en nuestro país en general.

Las películas de ciencia ficción se nutren de estas cuestiones. Quizá por ello, la productora Disney ha elegido la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia como recinto en el que rodar algunas escenas de una próxima película protagonizada por el guapo George Clooney. Los responsables dicen haber escogido este entorno por la figuración futurista que proyecta el recinto. Me parece muy bien, pero si el futuro es esto que venga Dios y nos pille confesados. Si en la mente del arquitecto rondaba esta idea al concebir sus edificios, se equivocó al seleccionar los materiales y, sobre todo, su aplicación. Nos habría salido más barato. Antes, los escenarios de las películas eran de cartón piedra. A las actuales parece que les va el acero y el trencadís.

Inundado, tocado y zozobrando ante cualquier tempestad, el buque insignia del conjunto, el controvertido Palau de Les Arts, se desarbola y se hunde como el Nautilus del capitán Nemo en los torbellinos del Maelstrom. Pero mientras aquel submarino era ficticio, el barco de Calatrava es real aunque parezca una maqueta de ciencia ficción visto desde lejos. De cerca y fuera de la postal que los turistas se llevan en sus cámaras, su audaz arquitectura sufre de todos los males que sufre la vida común.

La técnica del trencadís la utilizó y popularizó Gaudí en sus formas sinuosas. Al no poder recubrirlas adecuadamente con baldosas enteras, trocearlas se convirtió en necesidad, para lo que aprovechaba los restos sin necesidad de encarecer la construcción. Sus seguidores continuaron utilizando esta técnica para revestir la innumerable arquitectura modernista española. Muchos años después llegó nuestro arquitecto estrella y quiso rendir homenaje al creador en quien tanto se inspiró para realizar las atrevidas y complejas superficies y estructuras de su extensa y afamada obra. Hasta aquí nada que objetar. Pero sucedió que, emborrachado de admiración, o vaya usted a saber de qué, se extralimitó. Sus edificios ya no eran los de Gaudí, los materiales que empleaba tampoco. Y cometió un error que ni el más modesto de los principiantes cometería. Quiso experimentar y experimentó, con el beneplácito de toda una cohorte de papanatas, mezclando dos siglos distintos.

No se le ocurrió otra cosa que chapar el casco de acero con azulejos, como el nuevo rico que, para ser más que nadie, reviste con oro las alas de su avión por aquello de deslumbrar. Algo inútil. Ni visto de lejos podría quedar bien una horterada similar. Solo epataría a quien sueña con poder hacer algún día lo mismo. Si ya es difícil que en los aseos de cualquier área de servicio de autopista no salte algún que otro azulejo, imagínense lo que puede ocurrir en 80.000 metros cuadrados de superficie revestida de trencadís sin juntas y sobre una base incompatible. Cualquiera sabe cuál va a ser el resultado desde antes de empezar. No pegan ni con cola, nunca mejor dicho.

Algo que era solo cuestión de tiempo ya ha empezado a suceder. Mientras el arquitecto debe andar comiendo el turrón más allá del Tirol, el trencadís que recubre su Palau de Les Arts se desprende de forma ya imparable. Lo sólido se ha convertido, ahora más que nunca, en una frágil bambalina. Ni ocho años ha durado. En esta obra, pensada, se supone, para albergar obras sinfónicas, se están cumpliendo a la perfección los tempos de cualquier sinfonía: allegro, ritmo lento, variaciones y rápido final. La metáfora perfecta de la política valenciana. Una imagen exageradamente costosa para una lección ya sabida.

Como ocurría con los súcubos de antaño, nos queda lo que simboliza, aunque a precio desorbitado. Y si este Palau no nos sirve para óperas ni conciertos, al menos podrá funcionar como teatro para anuncios publicitarios, bodas, comuniones, cenas de empresas de postín, presentaciones falleras, pelis futuristas y cosas así con sus bambalinas de acero y trencadís como lienzo de fondo. Siempre nos quedará París, que diría el duro Humphrey Bogart.

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SUEÑOS DE GRANDEZA ROTOS EN LA CULTURA VALENCIANA

• La Ciudad de la Luz está en venta y sin actividad; el Palau de les Arts, cerrado y en reparación; y la Ciudad del Teatro y la ampliación del IVAM, en el cajón del olvido

EL PAÍS FERRAN BONO / JUAN MANUEL JÁTIVA 8 ENE 2014

Cuando la Comunidad Valenciana estaba de moda, al que osaba cuestionar los grandes proyectos de la política cultural era tildado de provinciano y antipatriota. Si se decidía construir una ópera o unos estudios de cine, lo que podía ser una buena idea, las nuevas infraestructuras debían ser las más impactantes y rutilantes. Eran los tiempos en que lo valenciano estaba a la vanguardia del mundo, según el argumentario reiterado por la Generalitat. Hoy, aquellos sueños de grandeza se han roto o se han transformado en una pesadilla para el Consell y para el contribuyente.

La Ciudad de la Luz de Alicante, que costó más de 250 millones de euros, sigue parada, generando gastos y ningún ingreso, a la espera de que las autoridades españolas y europeas resuelvan los aspectos técnicos de la venta del complejo cinematográfico o el Tribunal de Justicia de la Unión Europea se pronuncie favorablemente al recurso presentado por Ciudad de la Luz para no devolver las ayudas públicas. El último director autóctono que intentó rodar en el complejo alicantino, el castallense Eugenio Mira, se fue con la música de Grand Piano, protagonizada por Elijah Wood, a otra parte.

Como buena parte de los profesionales del audiovisual (y de otros sectores culturales), que deben salir para buscarse la vida. Y todavía más cuando el que tenía que ser el verdadero motor de la industria, como ha sucedido en otras comunidades autónomas, como la catalana, la vasca o la gallega, se ha eliminado. Incluso el nombre de Ràdio Televisió Valenciana (RTVV) ha sido borrado de las señales de indicación de tráfico.

Canal 9, sin embargo, ya nada podrá hacer por “promocionar el star system” de los profesionales de la cultura valenciana, escritores, autores teatrales, actores, músicos, como propuso en 2004 el entonces (y efímero) consejero de Cultura y Educación, Esteban González Pons. “Tengo el sueño de un programa que promocione” a los profesionales valencianos, afirmó Pons. Un sueño que fue a parar al bulevar de los sueños rotos, con la idea de quedarse.

Sobre todo, tras la determinación de la Generalitat de acabar con las emisiones de Canal 9 y Ràdio 9, fundamentada en que la nulidad del expediente de regulación de empleo (ERE) y la readmisión de un millar de trabajadores comportaba un coste insostenible para las depauperadas arcas valencianas. Lo repitió el pasado viernes el presidente valenciano, Alberto Fabra, del PP, sin entrar en quién fue el causante de haber inflado la plantilla, que cobra unos 190.000 euros al día de permiso retribuido con las puertas cerradas del Centre de Producció de Burjassot.

Fabra también se refirió al desprendimiento del mosaico cerámico (trencadís) que recubre 8.000 metros cuadrados de la gigantesca fachada del Palau de les Arts. La ópera afronta su tercera gran crisis en sus ocho años de andadura, tras el hundimiento de su plataforma escénica y la inundación de sus dependencias situadas bajo el nivel del antiguo cauce del río Turia.

El presidente sostuvo que la prioridad es la seguridad del público y condicionó la reapertura del Palau (que ha suspendido el estreno de su ópera Manon Lescaut, de Puccini, en febrero) a las conclusiones del informe del Instituto Tecnológico de la Construcción. Un informe encargado sólo a raíz de la caída de cascotes de trencadís el pasado 26 de diciembre, cuando se trata de una consecuencia lógica de los abombamientos o arrugas detectadas desde hace meses en el cascarón del impactante edificio diseñado por Santiago Calatrava, que costó 478 millones de euros. Ayer se veía el caparazón de acero sin revestimiento de trencadís en otra zona localizada más abajo del primer desprendimiento, en la misma fachada.

Algunos trabajadores del Palau temen lo peor. El ejemplo de RTVV es muy reciente, la situación financiera de la Generalitat está al borde del colapso y el ERE de la plantilla de la ópera, aunque al final se pactó, no se ha llegado a cerrar del todo. Fabra apuntó una posible solución para continuar la temporada, que pasa por abrir la entrada por una fachada ya asegurada, mientras se interviene sobre la otra.

El continente (sólo el mantenimiento y apertura cuestan 3,2 millones de euros al año) sigue condicionando el contenido del Palau de la Arts, dirigido por Helga Schmidt. En el plano artístico ha logrado el reconocimiento de los aficionados y de la crítica. Tanto por la calidad de sus montajes (sus Otello y La Bohème de la temporada pasada acaban de recibir tres premios Campoamor), como por el sonido de su apreciada orquesta.

Sin embargo, la ópera no ha resuelto sus graves problemas de financiación, la Sindicatura de Comptes ha vuelto a poner algunos peros a la gestión en su informe de 2012. El Ministerio de Cultura sigue sin entrar en el patronato de su fundación y la Consejería de Cultura ha anunciado el nombramiento de un administrador.

El espacio anexo al Palau de les Arts sirve, también, de albergue de un proyecto cultural y educativo inicialmente destinado a residir en otro inmueble de ensueño, que finalmente se disolvió como azucarillo en las aguas resultantes de la explosión de la burbuja financiera, inmobiliaria y de la SGAE. Cuando Francisco Camps mostró en 2007 la maqueta de la sede europea de la Berklee College of Music de Boston, ésta se iba a alojar en un espectacular edificio de 100 metros de altura y 27 plantas, diseñado por Antón García Abril, y ubicado en suelo público. Con un coste de 95 millones de euros, podría haber ofrecido clases a 1.000 alumnos y residencia a 250 personas.

Estos días la Berklee arranca el segundo trimestre de su segundo curso en Valencia y Europa, con alumnos de todo el mundo y profesorado tanto internacional como autóctono, pero, eso sí, en un espacio muy distinto y de dimensiones más ajustadas.

Tal es el magnetismo y la necesidad de cubrir los distintos espacios del Palau de les Arts, que cuando se anunció el cese del Teatre Talía como teatro público, en la Consejería de Cultura se barajó la programación de esta céntrica y antigua sala, dedicada básicamente al teatro valenciano, pasara a la sala Martín i Soler del coliseo operístico. Fue una ensoñación impracticable que quedó en nada, del mismo modo que de la Ciudad de las Artes Escénicas que se anunció en Sagunt solo queda una nave restaurada pero vacía, cuya intervención ha costado 23 millones de euros, según constaba en el pasivo de la fundación del mismo nombre que aún en 2010 se fundió en la Fundación de las Artes y ahora desaparece con ésta.

Como desaparece la Fundación de la Llum de les Imatges, encargada de restaurar y promover el patrimonio eclesiástico valenciano con una inyección de más de 100 millones de euros. Ha sido la única línea política que se ha mantenido como un objetivo prioritario y continuado de la línea política en materia cultural de los diversos Gobiernos de la Generalitat.

La Ciudad de las Artes Escénicas, que Eduardo Zaplana anunció en 2000 para compensar a Sagunt de la virtual pérdida de la Ciudad de la Luz, que se fue finalmente a terrenos de Aguamarga de Alicante, llevaba asociado también un gran proyecto residencial. De la actividad teatral que se iba a desarrollar en los chalets y demás instalaciones de la antigua gerencia de Altos Hornos queda un fantasmagórico recuerdo en el que la representación de Las Troyanas de Irene Papas es una imagen cara e imperecedera.

La antigua nave siderúrgica saguntina acogió en 2007 el último suspiro de la Bienal de Valencia, otro proyecto que se inscribía en los sueños de grandeza de la Generalitat bajo los auspicios de la antigua secretaria autonómica de Cultura y hoy directora el IVAM, Consuelo Ciscar. De hecho, ya desde su primera edición de 2001 se la comparaba desde instancias organizadoras con la centenaria Bienal de Venecia. Ni los millones de impactos mediáticos ni los centenares de miles que visitantes a la Bienal de Valencia (según los balances oficiales que contrastaban completamente con la venta de entradas y el vacío de los espacios expositivos) impidieron que la Generalitat eliminara el encuentro entre las artes dirigido por el italiano Luigi Settembrini.

Aquellos espectáculos ya son recuerdo, mientras hoy el paro afecta a la mayoría de la profesión teatral (entre el 80 y el 90%), como recuerda en su último boletín la Associació d’Actors i Actrius del PV; el teatro valenciano apenas cuenta para los premios Max, donde brilló con luz propia años atrás, y un recinto como El Musical de El Cabanyal languidece, tras haber sido un revulsivo en la escena valenciana. “Se apostó por los contenedores para vender imagen exterior, en lugar de los contenidos”, subraya Toni Benavent, vicepresidente de Avetid, la asociación más representativa de las compañías y salas valencianas. “Si se hubiera hecho al contrario, estaríamos jodidos por la crisis, pero no tanto, porque si algo tenemos aquí es talento”. ¿Sol Picó y Carles Santos tendrían la proyección que tienen si se hubieran quedado aquí?, se pregunta.

Sobreviven las iniciativas independientes y privadas razonables e imaginativas, ajustadas a la penuria económica presente y reviven iniciativas públicas que probablemente nunca debieron dejarse, como el Circuit Teatral repuesto por Culturarts, que intenta sacar a flote la política cultural. “Es bueno que se recupere”, reconoce Benavent, “pero volvemos al punto de partida, tras perder dos años y con la mitad de presupuesto que hace cinco”.

La mitad de su presupuesto ha perdido también en apenas cinco años el IVAM, otrora buque insignia de la cultura valenciana. Su deriva expositiva le ha alejado de la primera fila de los centros españoles, como ponen de manifiesto las recientes clasificaciones de las mejores muestras del 2013, publicadas recientemente en los principales medios escritos de comunicación. Fiar sus sueños de grandeza a la puesta de marcha de su proyecto de ampliación, diseñado por los ahora Premio Pritzker Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa, que forman el equipo Sanaa, se antoja como un ejercicio inane de nostalgia.

El atractivo y discutible plan de cubrir con una piel metálica de 30 metros de altura el actual edificio duerme en el cajón del olvido desde su presentación en 2003. Ni la coyuntura económica ni las prioridades políticas apuntan a un despertar del proyecto.

De modo que el IVAM se ha quedado sin ampliación y sin contar con su subsede del Centre del Carme, un espléndido complejo arquitectónico renacentista y barroco, cuya restauración está incompleta y que se ha quedado en tierra de nadie, como una suerte de cajón de sastre con capacidad para albergar todo tipo de exposiciones.

El que continúa sin contar con un continente en consonancia con su contenido es el Museo de Bellas Artes de Valencia San Pío V, de titularidad estatal y gestión autonómica. Sin embargo, el inicio de la quinta fase de ampliación este mismo año es, sin duda, una de las mejores noticias en materia cultural que se han producido en el último decenio. Ahora bien, se ha rebajado la ambición del proyecto para ahorrar costes suprimiendo el cambio de su actual acceso, justo frente a una vía de incesante tráfico rodado, por una entrada noble a través de los jardines de Vivero. La Administración asegura que se hará en el futuro, lo que sería un sueño de justicia más que de grandeza.

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EL TRENCADÍS Y LOS PLATOS ROTOS

EL PAÍS ANATXU ZABALBEASCOA 8 ENE 2014

No es noticia que las obras de Santiago Calatrava generen polémica. Pero el rechazo, tradicionalmente desactivado como envidia, que buena parte de sus trabajos despierta entre sus colegas arquitectos —que los tildan de escultóricos o “falleros”— adquiere otros tintes ahora que tantos de sus edificios demuestran haber corrido riesgos excesivos para ser asumidos por el bolsillo de la ciudadanía.

Esos riesgos , que eran interpretados como audacias cuando el arquitecto contaba con el favor de los políticos, han desembocado en reclamaciones con frecuencia iniciadas por el propio Calatrava por motivos económicos (en el caso del Palacio de Congresos de Oviedo) o por razones de autoría artística (como la pasarela Zubizuri en Bilbao). Las quejas delatan, sin embargo, el agravante de la reincidencia. Calatrava tiene problemas una y otra vez con el uso de materiales similares (suelos resbaladizos de elementos vítreos en los puentes de Bilbao, Murcia o Venecia). O cae y recae en la tentación de alardes técnicos, como dotar de movimiento el Palacio de Oviedo o la estación de Nueva York, para que terminen estáticos y con un presupuesto desbocado.

Así las cosas, los recurrentes problemas de Calatrava evidencian que el reto en arquitectura ha dejado de ser una cuestión de experimentación formal o técnica. El auténtico reto es asumir la responsabilidad de utilizar bien el dinero público. Y ese desafío deben asumirlo por igual las empresas constructoras —que deberían conocer lo que es y lo que no es posible construir—, el propio arquitecto —por proyectar para el Palau de les Arts un acabado cerámico sujeto sobre una cubierta metálica— y los políticos que permitieron el despropósito.

A Gaudí no se le caía el trencadís y —de la Ópera de Jørn Utzon en Sidney al Mercat de Santa Caterina de Miralles-Tagliabue en Barcelona— el mundo está lleno de espléndidos ejemplos de edificios cubiertos por piezas cerámicas que soportan sin problemas los cambios de temperatura.

Con todo, en este nuevo percance de Calatrava la mala noticia es también la buena. Que la Generalitat Valenciana se atreva a denunciar debería implicar que se atreve a ser transparente sin temor a que nadie tire de la manta de las comisiones que han caracterizado la burbuja arquitectónica española. Paradójicamente, es el reclamo de esos derechos lo que puede devolver la credibilidad y la confianza a una profesión maltrecha por la actuación de unos pocos. Puede que técnica e incluso artísticamente solo se avance arriesgando, pero socialmente se avanza asumiendo responsabilidades. El arquitecto, las constructoras y los políticos deben solucionar este problema. Y dejar claro quién va a pagar los platos rotos.

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UN “TRENCADÍS” CULTURAL

Resulta difícil encontrar, en la Comunidad Valenciana, un edificio que represente mejor la megalomanía y el engreimiento de nuestros gobernantes.

EL PAÍS JOSÉ RAMÓN GINER 12 ENE 2014

El asunto de la cúpula del Palau se ha encauzado con una rapidez que ha sorprendido a todo el mundo o, cuanto menos, a un buen número de personas. Habituados como estamos a la conducta del Gobierno valenciano, uno esperaba que el tema se dilatase durante meses, a lo largo de conversaciones inacabables. No ha sido así. Todo se ha resuelto con una prontitud envidiable. Es cierto que las obras aún deben comenzar y las dificultades técnicas que deberán resolverse no son menudas. Pero, en lo fundamental, el problema parece encarrilado. Calatrava, siempre tan renuente a reconocer sus errores, ha mostrado una actitud favorable en esta ocasión. No era para menos, si tenemos en cuenta las minutas que la Generalidad le ha abonado en el pasado.

Aunque alabe la presteza con que se ha conducido el conflicto, no me importaría que se produjera algún retraso en la solución. Un Palau de les Arts protegido por redes y andamios, con el acero de la cúpula al descubierto aquí y allá, es una imagen perfecta de nuestra desmesura y sus consecuencias. Resulta difícil encontrar, en la Comunidad Valenciana, un edificio que represente mejor la megalomanía y el engreimiento de nuestros gobernantes. Por ello, no vería mal que purgase su exageración durante unos meses. Aunque, no creo que este pequeño ejercicio de humildad tuviera algún efecto sobre la conciencia de los valencianos. La memoria colectiva es frágil y olvidamos con facilidad.

Desde que surgió la crisis económica, no dejamos de hablar de los excesos cometidos por los gobiernos del Partido Popular. Es difícil encontrar un proyecto iniciado por Eduardo Zaplana o Francisco Camps que haya conocido el éxito. No digamos ya que beneficiara a los valencianos. Las diferentes empresas que estos hombres comenzaron han acabado, por unas u otras razones, en el fracaso. Ha fracasado Terra Mítica creada —según nos aseguraban— para mejorar el turismo de Benidorm. Benidorm se las ha apañado sola y el parque ha terminado en manos privadas, tras gastarnos en su construcción un ojo de la cara. También ha fracasado la Ciudad de la Luz. ¿Recuerda el lector todo cuanto se dijo de estos estudios y lo que representarían para Alicante? Leer las declaraciones de los políticos del momento —declaraciones que pueden consultarse en cualquier hemeroteca digital— causa una terrible vergüenza. Todas estas empresas se realizaron de cualquier modo, con precipitación, sin un plan preciso. Surgieron de una vaga idea, y tras abonar unas imponentes minutas a las consultoras que las avalaron. Fueron, en suma, una carísima propaganda electoral que ha vaciado el bolsillo de los valencianos.

Ninguno de estos proyectos resultó, sin embargo, tan dañino como el Palau de les Arts. El Palau fue una creación artificial que proyectó, durante un breve tiempo, una imagen falsa de la Comunidad Valenciana. Nuestros gobernantes quisieron situarnos a la altura de cualquier ciudad importante de Europa, pero actuaron sin contar con una base social que, seguramente, no existía. La solución fue echar mano a la chequera, es decir, al presupuesto. Los efectos de esa conducta crearon una cultura desequilibrada. Mientras no se reparaba en gastos para contratar a los mejores directores de orquesta y cantantes, dejábamos hundirse al IVAM, desaparecía nuestro enclenque tejido teatral, mal dirigido, o menguaba la industria editorial. Los efectos de esa política los vemos ahora: un trencadís cultural que ha saltado por los aires y que —este, sí— resultará muy difícil reparar.

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